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Los
antiguos habitantes de lo que ahora es el municipio de Madera pertenecieron
a grupos humanos que, al igual que el resto de las culturas que
florecieron al norte del Trópico de Cáncer
(la región conocida como el México Antiguo o “Mesoamérica”),
no desarrollaron la escritura, de manera que la historia antigua
de la región es aún poco conocida y debe ser inferida
mediante el análisis de los restos arqueológicos y
otros estudios trans-disciplinarios. Los únicos documentos
históricos que guardan información de lo que fueron
las culturas de esta basta zona, ahora llamada por los arqueólogos
“Oasis-América” (o bien,
la
“Gran Chichimeca”, utilizando el
término que se servían los aztecas para
referirse a los pueblos y culturas del norte árido), son las crónicas
e informes de los primeros exploradores y conquistadores españoles,
y los detalles que proporcionan son más bien escasos y
muy poco precisos. Así por ejemplo, Álvar
Núñez Cabeza de Vaca menciona haber pasado
por una región en la que las gentes “usaban vestidos
de algodón” y “vivían en casas de adobe
y mampostería”. Por su parte, Baltasar de
Obregón, en 1565 da la primera descripción
de la ciudad de Paquimé, situada algo más al norte
de Madera y por aquel tiempo recién abandonada, diciendo
que parecía haber sido “construida por los antiguos
romanos”.
De acuerdo a los hallazgos paleontológicos y arqueológicos,
la presencia humana en la región se remonta al denominado
“período paleoindio”, hace
ocho mil años
o más, en el que grupos de cazadores y recolectores que
no practicaban la agricultura; vivían de lo que los ecosistemas
les proporcionaban en gran abundancia.
Poco
a poco, y de manera paralela —aunque vinculada—
al surgimiento de las grandes civilizaciones del México
antiguo, los pueblos de Oasis América desarrollaron
también culturas sofisticadas que incluyeron, en su momento
de apogeo, la construcción de complejas ciudades y grandes
redes de comercio regional. Este conjunto de culturas no fue unitario
ni tuvo un desarrollo lineal, sino que incluyó, a lo largo
de más de dos mil quinientos años, numerosas fases
y vertientes culturales y lingüísticas. Algunas de
ellas han sido bastante estudiadas por los arqueólogos
y sus denominaciones se han popularizado entre el público: Mogollón,
Mimbres, Hohokam, Casas Grandes, Indios Pueblo y otras
más.
Es
interesante observar que, a pesar de que este complejo cultural
es conocido como una sola región histórica, en realidad abarcó
desde sus orígenes diversos nichos ecológicos, tales
como la costa, las riberas, la montaña y el desierto, y que
esta misma diversidad ambiental debió haber jugado un papel
importante en la viabilidad de las civilizaciones que allí
se desarrollaron.
La secuencia arqueológica de Paquimé,
centro urbano principal de la ahora llamada “Cultura Casas
Grandes”, duró casi 1000 años y dio lugar
a algunos de los logros culturales más espectaculares
de todo el conjunto de civilizaciones de Oasis América:
la construcción
de grandes conjuntos habitacionales de tierra, el desarrollo de
una red de alcantarillado y distribución de agua potable,
la instalación de criaderos de aves tropicales para
la comercialización
de sus plumas y la estructuración de una compleja red de
intercambio económico que trascendía con mucho el
territorio de Casas Grandes. El
sistema llegó a incluir un radio de más de doscientos
kilómetros y no se constriñó a una simple
cuenca natural sino a una región mucho más amplia
y compleja, abarcando numerosas localidades situadas en el actual
municipio de Madera. La existencia de asentamientos
humanos vinculados con la cultura Casas Grandes en la región
montañosa
llegó a abarcar un área total de más de treinta
y seis mil quinientos kilómetros cuadrados, y mientras
que algunos de estos sitios muestran patrones de asentamiento
intensivo, otros fueron sumamente dispersos. Actualmente no es
posible determinar el grado de dependencia o de autonomía
que caracterizó
a cada sitio en su relación con la metrópoli paquimeíta,
pero queda claro que la influencia de la ciudad fue extensa y de
gran importancia abarcando numerosas localidades situadas en el
actual municipio de Madera. Vestigios prueban
que su comercio se extendía en todas direcciones: turquesa
proveniente del norte, conchas de mar de las costas, plumas exóticas
y piedras del sur. Se sabe muy poco de sus practicas religiosas
y su filosofía.
Varias estatuillas y diseños en vasijas de barro prueban
que su mundo estaba lleno de fantasía así como fuertemente
influenciado por creencias de otros pueblos como el Azteca.
En
la actual zona de Madera, las llamadas “casas
acantilado”
son el legado arquitectónico más importante y sugestivo
de esta civilización. Lugares como las cuevas
en el arroyo de las Jarillas hablan de un refinamiento
de los modelos constructivos caracterizados por la finura de los
acabados, las puertas tipo “T” y un
uso intensivo del espacio interior. Es difícil permanecer
impasible ante la belleza y sobriedad de estos majestuosos refugios
del hombre y la civilización.
Las
posesiones típicas de una casa incluían numerosos artículos
domésticos de piedra o cerámica, así como canastas
tejidas de fibras de yuca o sotol. Los efectos personales incluían
cintos y zapatos hechos con fibras vegetales, pieles para la ropa
y agujas de hueso, entre otros objetos. La ciudad de Paquimé y
los demás sitios vinculados con ella, entonces, proporcionan
evidencia de por lo menos 1500 años de ocupación continua,
haciendo de la región de las montañas de Chihuahua
un mudo testigo de los procesos de desarrollo cultural en toda
la Sierra Madre Occidental.
Con posterioridad al período de estas grandes culturas, la
situación étnica en Madera no ha sido aún muy
estudiada, pero se conoce que diversos grupos habitaron o pasaron
por la región. Algunos de ellos fueron los conchos, ópatas,
jovas, pimas bajos, cahitas y chínipas. Más tardíamente
habrían de hacer su aparición los apaches, quienes,
como se sabe, jugaron un papel dramático e importante durante
la época de los grandes conflictos interétnicos del
Siglo XIX. |
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